Seychelles, un sueño muy real

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Y así es, efectivamente. Si existe el paraíso, éste debe encontrarse forzosamente en estas islas de ensueño. Una canción que oí cantar en las Seychelles habla de una isla perdida en medio del mar, como una nube flotando entre el océano y el cielo. La expresión tiene un no se qué de fantástico que le viene como anillo al dedo a las Seychelles, un grupo de unas cien islas esparcidas por el océano Índico. A diferencia de otras muchas islas que se encuentran en medio del océano, las Seychelles están formadas por granito acumulado en escarpadas montañas de piedra, consumidas por el clima y trabajadas como si de inmensas esculturas se tratase.

Situado en uno de los mares más vírgenes del mundo, el archipiélago de las Seychelles ofrece playas idílicas y un pueblo que es verdadero crisol de razas y lenguas.

La tierra está cubierta de bosques tropicales que contienen especies que no se encuentran en ningún otro lugar: palmeras coco de mar y árboles medusa; selváticas orquídeas de colores lujuriantes; papagayos negros, palomas azules… Sí, el gusto por lo aparentemente irreal e inexplicable es uno de los elementos que contribuyen al hechizo que producen estas islas.

No hace mucho tiempo que las Seychelles están habitadas. Esto, sin duda, es un punto más a su favor. Fueron los franceses quienes dieron nombre a estas islas. Desde Isla Reunión, llegó un barco a la isla mayor y su capitán le puso el nombre del gobernador que lo mandaba: Mahé. Posteriormente, todo el archipiélago pasó a llamarse Seychelles, en honor al hombre que pagaba esa expedición: Jean Moreau Séchelles, ministro de finanzas del rey Luis XV. Ello daría paso a la dominación francesa de las islas. Nos encontramos en 1770, año en que desembarcan los primeros grupos de colonos franceses en la isla de Sainte Anne. Los franceses, claro, trajeron esclavos y empezaron a cultivar la tierra. A partir de 1794 franceses y británicos empezaron disputarse las islas hasta que finalmente, en 1814, los ingleses se hicieron con el control de las mismas. El estilo de vida de las islas pasó de ser un sistema de plantaciones concentrado principalmente en la producción de coco y especias, a una economía basada en el turismo, algo obvio si se tiene en cuenta cuál es el más importante recurso natural de las islas: la belleza.

Lo cierto es que las Seychelles están aisladas en uno de los mares menos recorridos del mundo, y se encuentran lejos de las principales rutas comerciales. La superficie total del territorio de las islas no llega ni siquiera a los 450 kilómetros cuadrados. Es, además, el único país del mundo que tiene el criollo entre sus lenguas oficiales; el inglés y el francés, las otras dos lenguas oficiales, se enseñan en la escuela, pero el criollo es la lengua más hablada.

Tienen razón quienes dicen que las Seychelles son las islas más bellas del Índico. Yo me atrevería a asegurar que son las más bellas del mundo. Su belleza y pureza es tal que ni las propias fotografías de los folletos publicitarios le hacen justicia. Si estas islas hubiesen estado habitadas hace miles de años, seguramente habrían surgido varios mitos sobre la tierra, sobre todo sobre las rocas. Desde la costa hasta la cima de las montañas, uno se encuentra con peñas gigantescas. Cúmulos de pedruscos amontonados, algunos gigantescos, bordean las colinas y enmarcan las accidentadas ensenadas que rodean a las islas. Monolitos de granito se levantan por encima de las palmeras y asoman por entre la espesura del bosque como monumentos abandonados entre la vegetación.

Victoria es la capital, el único puerto de Seychelles. Aquí viven no más de 30.000 personas en paz y perfecta armonía. Kandy, un anciano de Victoria, me dijo en una ocasión que los campanarios de las iglesias debían tocar varias veces al día para que los seychelleses supieran la hora en que vivían. Así es el ritmo de vida en esta bella ciudad colonial, en toda Seychelles.

La playa de Beau Vallon es la más popular del archipiélago. Le siguen Bel Ombre, y la bahía de Grande Anse. Pero la joya de las Seychelles es Vallée de Mai, en la isla de Praslin, la segunda en importancia del archipiélago. Se trata de un bosque virgen en el que constantemente resuena el canto de los pájaros.

CÓMO IR: No hay vuelos directos entre España y Seychelles. Air Seychelles (www.seychelles.com) vuela desde Londres, París, Roma y Milán. Emirates (www.emirates.com) vuela desde Madrid vía Dubai.

CÓMO MOVERSE: Los vuelos internos se hacen siempre con Air Seychelles. Sólo hay vuelos regulares desde Mahé y Praslin (15 minutos de duración).

DOCUMENTACIÓN: Hay que tener el pasaporte en regla, billete de salida del país y reserva de alojamiento.

MONEDA: La rupia de Seychelles. 1 euro son 16,50 rupias, aproximadamente.

DÓNDE DORMIR: MAHÉ Banyan Tree. Es un lujo: 60 villas en una de las playas más hermosas de la isla. www.banyantree.com

LA DIGUE: La Digue Island Lodge. En Anse Reunion. Muy recomendable. www.ladigue.sc SAINTE ANNE Sainte Anne Resort & Spa. Del grupo Beachcomber, lo que implica gran categoría. www.sainteanne-resort.com

GASTRONOMÍA: La especialidad de todos los restaurantes es el pescado. Se prepara de todas las formas imaginables (a la plancha, al vapor, al horno…) Las especias (vainilla, nuez moscada…) se utilizan mucho.

MÁS INFORMACIÓN: www.seychelles.travel   www.seychellessecrets.com

Declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en él se encuentran muchas especies de flora indígena de las Seychelles, y alguno de los animales y plantas del archipiélago que sólo viven aquí, incluida la especie más extraordinaria de todas: la palmera coco de mar. Considerada como una especie de panacea que curaba cualquier enfermedad, esta fruta era antiguamente muy apreciada en todo el mundo. Recomiendo que uno pasee por este valle sin prisas.

Los apasionados a la ornitología tienen en Bird Island parada obligada. Como su nombre indica, es la sede de ciertas variedades de especies ornitológicas, entre la que destaca la delicada y elegante golondrina de mar.

La isla de La Digue es otro de los grandes tesoros. Poca gente vive aquí, lo que la hace más encantadora si cabe. Sus curiosas formaciones rocosas rosadas y un agua de una pureza sin parangón y de un azul turquesa fascinante la han convertido en uno de los mayores reclamos publicitarios del país. Aquí es donde uno se da cuenta de que le han robado el corazón y que, sí, el paraíso realmente existe.

Oriol Pugés

 

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