Kenia, memorias de África

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El cielo es inmenso en el país de los masai. La carretera es recta y estrecha: asciende y se sumerge siguiendo el ritmo de las colinas en un universo cubierto de una pátina de polvo ocre, sembrado de cascajos y de matorrales canijos con el tenue follaje erizado de espinas. Aparecen los primeros rebaños de cabras, a cuyo alrededor andan dando saltitos grupos de niños pastores provistos de una sonrisa resplandeciente y la piel muy oscura.

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Erguidos sobre una sola pierna, como las grandes aves zancudas, los masai, apenas apoyándose en sus lanzas que apuntan al cielo, vigilan las reses a las que, desde pequeños, han aprendido a proteger de los ladrones y los leones. “Es gracias a que se pasan el tiempo escrutando más allá del horizonte, para ver si hay alguna vaca despistada del rebaño, por lo que los masai son tan altos!”, dicen algunos… Bromas a un lado, este ganado constituye su riqueza; para ellos es sagrado. Les da la lecha y la sangre de la que se alimentan; el barro y la orina con los que modelan las paredes de sus casas. Sin él, el pueblo masai no sería el que es.

Sorprende por su exotismo… y mucho. Pero éste es precisamente su atractivo. Cada año es mayor el número de empresas que se dan cita en Kenia que se ha convertido por méritos propios es un destino clave para el sector de los viajes de incentivo.

Entre las hierbas de color entre rubio y gris, apostados de tarde en tarde como centinelas a ambos lados del camino, grupos de babuinos curiosos se agachan bruscamente para no ser vistos. Unos avestruces, grandes como jirafas sobre un cielo interminable, se alejan bamboleándose hacia una gran acacia. Surgidas de pronto de no se sabe bien dónde, un grupo de gacelas escapan dando elegantes saltos sobre sus barnizados cascos. Más lejos, en un relámpago de color rojo leonado con estrías blancas, son los impalas los que atraviesan el sendero. Después, es una manada de cebras las que toma el relevo y se pone a galopar frente al automóvil antes de dispersarse por la pradera…

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El Masai Mara ofrece un espectáculo fabuloso. Hasta donde alcanza la vista, en la inmensidad de las praderas ligeramente onduladas, punteadas de grandes acacias y de bosquecillos de frondosas espesuras, se citan todos los animales de la Creación.

“¡Mucho cuidado, memsaab. No se aleje mucho de mi. Huelo a león”… Acabo de llegar a Kenia. Estoy siguiendo al guía en una excursión a pie por las cercanías de un campamento instalado en la reserva del Masai Mara. En efecto, el cielo es inmenso y el paisaje parece el mismo que el del día de la Creación. ¿Qué hago yo aquí?, me pregunto. Yo, un hombre del siglo XXI, tengo la impresión de haber hecho un viaje en el tiempo. Mis reflexiones se ven bruscamente interrumpidas por Sandy, el guía, que se ha parado de repente y me indica algo que ha visto en el suelo. Es una huella del tamaño de un plato. “Simba”, dice Sandy. “¡Un león!”. Avanzamos lentamente. Nos encontramos en una senda peligrosa de la naturaleza, en el lugar donde se enfrentan predadores y presas. De repente, el rugido de un león desgarra el aire. Miro con aprensión a mi alrededor. Nada. Luego, otro bramido corta el aire. Es un trueno. Al poco rato, un torrente de lluvia se abate sobre todos nosotros. Tengo la sensación de ser el único animal lo suficientemente estúpido como para dejarse sorprender por la lluvia. Me echo a reír y regreso al campamento. Por la noche, a buen recaudo y rodeado de las comodidades de un buen campamento, el responsable del oasis me cuenta que soy muy afortunado: Sandy es un guía legendario, capaz de sentir el olor de un león tras un árbol, de intuir la posición de un elefante interpretando
los gritos de los pájaros.

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Desconozco sus razones, pero ha decidido llamarme “memsaab”. Me gusta, hace que me sienta como de la familia, de su familia. Siento envidia por la habilidad que demuestra Sandy para moverse por la sabana.

En Kenia, los animales siguen estando ahí, incluso hoy, cuando el país se ha convertido en un país moderno.

Según los analistas, 2015 será clave. El MICE se ha fijado definitivamente en el país africano y hoy son muchas las empresas que lo incluyen entre sus preferencias.

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Aunque los safaris parece que van ponerse de moda, hoy esta palabra exótica ya no evoca la excitación producida por unos caminos impracticables o por la exploración de unos paisajes infestados de moscas tsé-tsé, como en los tiempos del legendario doctor Livingstone o del impávido cazador blanco llamado Ernest Hemingway. Aquellos tiempos y su sentido de la aventura quedaron atrás; actualmente algunas zonas de Kenia están salpicadas de campamentos turísticos de lujo y atravesadas por carreteras creadas para que por ellas puedan circular los muchos minubuses cargados de viajeros que se ven por aquí.

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Yo he tenido mucha suerte. Me encuentro en Governors’ Camp, uno de los campamentos turísticos más confortables de Kenia. Governors’ Camp se extiende por una de las orillas del Mara River. Bajo unos árboles muy frondosos se hallan las tiendas, los aseos, las duchas de agua caliente…

Y ¿qué decir del servicio y de la cocina? Nada, nada que envidiar al de muchos hoteles de lujo, créanme. Por supuesto pasan aquí ciertas cosas que nunca podrían pasar en un Hilton, claro. Un detalle: durante mi estancia una cebra había tomado la costumbre de acercarse al campamento cada mañana. Se iba a la barbacoa y hacía saltar por los aires sartenes, salchichas… Cosas de Kenia, cosas del Masai Mara…

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Al día siguiente, junto con un grupo de turistas, subo a un jeep que nos lleva hacia la espesura con el objetivo de avistar más animales. Tenemos muy buenas expectativas: en Masai Mara viven noventa especies diferentes de mamíferos, reptiles y anfibios, y un sinfín de especies diferentes de pájaros. En verano, centenares de miles de cebras y más de un millón de ñus se desplazan hacia el norte, entrando en el Masai Mara, una etapa de lo que constituye una de las migraciones más espectaculares del mundo.

En el Masai Mara, siempre que se vaya acompañado de un guía, se puede salir de los recorridos preestablecidos para observar de cerca a los animales y Sandy que a estas alturas ya conoce al grupo, en un momento dado, saca el jeep del sendero. Al poco rato nos deslizamos con el motor apagado hacia un punto en el que se ha detenido un grupo de elefantes. ¿Dónde hemos dejado la cámara, el vídeo…? Aprendo rápidamente que uno no debe dejarse sorprender.

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Nos deslizamos hasta una llanura dorada. Espiamos a un leopardo, el más veloz de los grandes felinos africanos. Mientras recorremos la pista saco la cabeza por el tejadillo descapotable del jeep. Los animales que puedo fotografiar son muchos: leones, búfalos, jirafas, ñus, etc.

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Por la noche, de nuevo en el campamento, la cena resulta ser un acontecimiento social casi elegante, bajo una tienda llena de mesas cubiertas con manteles de lino, seguida por una animada conversación en torno a una hoguera, bajo las estrellas.

Tercer día. Esta mañana, Sandy nos lleva por una sección del parque sembrada de rocas volcánicas y luego, a través de espesos matorrales que se extienden junto al curso del Mara. Bajamos del vehículo y nos acercamos al agua. Pronto descubrimos que una veintena de manchas oscuras, completamente sumergidas, corresponden a otros tantos hipopótamos. Se oye un resoplido y del agua emerge una gran cabeza con dos orejas pequeñísimas que giran vertiginosamente. Poco a poco los demás hipopótamos, sin duda excitados por nuestra presencia, hacen lo mismo: resoplan, emergen, se sumergen… ¡Menuda escena! Por la tarde asistismos a lo que para mí sigue siendo la última expresión, en el sentido de la más alta y perfecta, de la grandiosa belleza del continente africano.

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Nuestro jeep se acerca al campamento cuando de repente, frente a nosotros, entre la hierba iluminada por el sol, divisamos un soberbio león que camina en solitario. Nos aproximamos a él lentamente. No muestra el menor síntoma de sentirse acosado. Nos acercamos tanto que consigo ver incluso las cicatrices de guerra que surcan su cabeza. Le miro a los ojos, unos ojos inmensos que parecen contener todo el universo. En el interior de los mismos brilla una luz ambarina. En esa luminosidad se encierra toda la fuerza y belleza de la naturaleza primitiva.

Finalmente nos alejamos, y el león, cada vez más distante, es como un pequeño punto dorado en un paisaje inmenso.

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Oriol Pugés

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